Revolución o Guerra n°15

(16 de mayo 2020)

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España 1936 : ¿puede haber revolución proletaria sin insurrección y destrucción del Estado burgués?

« El problema fundamental de toda revolución es, indudablemente, el problema del poder. Lo decisivo es qué clase tiene el poder. (…) Pues es precisamente el problema fundamental que lo determina todo en el desarrollo de la revolución, en su política exterior e interior » (Lenin, Un problema fundamental de la revolución, 1917, subrayado por Lenin, Editorial Progreso, 1981).

La "Revolución Española" sigue siendo una mistificación, un mito para muchos, que se mantiene en gran medida por la izquierda y los izquierdistas, trotskistas y anarquistas que la han hecho sus fondos de comercio. Desafortunadamente, hay fuerzas revolucionarias que todavía le dan su aval hoy en día. Entre ellos, los camaradas del grupo comunista Emancipación (más conocido por el nombre de su blog español Nuevo Curso) defienden que hubo una « revolución española » en 1936, que « el día 19 [de julio], la "inesperada" insurrección general del proletariado español, por encima de partidos y sindicatos, desarma a la reacción armada y gana el poder en 4/5 partes del territorio » [1]. Reivindicándose de una llamada "Izquierda Comunista Española" en torno a la figura del militante revolucionario Grandizo Munis, retoman su tradición y sus posiciones, sobre todo sobre España. Como mostramos en nuestro anterior número [2], estas posiciones no son las de la Izquierda Comunista Internacional, sino las de la Oposición Obrera Trotskista de los años 30, cuando la corriente trotskista todavía formaba parte del movimiento obrero, aunque ya muy debilitada por el oportunismo político que la carcomía.

El esclarecimiento de la naturaleza de los acontecimientos españoles no puede reducirse a un simple debate histórico sobre la legitimidad de una corriente, la Izquierda Comunista Internacional, a expensas de la Oposición Obrera, que sólo se referiría a cuestiones teóricas y de principio. Se extiende a las cuestiones de hoy, más particularmente a la situación que se abre en estos días, y con la que los revolucionarios y el proletariado en su conjunto empiezan a encontrarse enfrentados. En efecto, la violencia y la profundidad de la crisis que el coronavirus acaba de precipitar, no es su causa fundamental, ya están obligando a la burguesía a tomar medidas "estatales", con el objetivo de concentrar aún más los aparatos productivos nacionales en torno a cada Estado, dejando caer los sectores que hoy se nos presentan como "no estratégicos", es decir, no indispensables para la defensa implacable y despiadada del capital nacional que la crisis impone en el escenario mundial. La fase que está a punto de comenzar verá el renacimiento de las políticas estatales, económicas, políticas, ideológicas, teniendo la misma función histórica que las políticas del Frente Popular o del New Deal pudieron tener en los años 30 : derrotar definitivamente al proletariado internacional y preparar la guerra imperialista generalizada. Por ello, la cuestión española es crucial y llena de lecciones, ya que la derrota y la masacre del proletariado en España fue el último episodio del curso contrarrevolucionario, indispensable para despejar definitivamente el camino de la guerra imperialista generalizada.

En 1942, cuando Munis escribe su libro sobre la experiencia española, Lecciones de una derrota, una promesa de victoria [3], la derrota española e internacional era ampliamente consumada y la Guerra Mundial había ganado todos los continentes. Sin embargo, continúa defendiendo la tesis de la Revolución Española. Ya en julio de 1936, fue claramente rechazada y combatida por la entonces Izquierda Comunista Internacional, de hecho casi exclusivamente por la llamada Izquierda Italiana a través de su revista en francés Bilan (1933-1938). En el centro de la divergencia entre las dos corrientes, la Oposición Obrera y la Izquierda Comunista, está la cuestión de la relación del proletariado con su insurrección, con la destrucción del Estado capitalista, con el establecimiento y ejercicio de su dictadura de clase. « Permanecemos fieles al marxismo cuando mantenemos en toda circunstancia, en todo caso, la bandera de la destrucción violenta del Estado capitalista, la toma del poder político por el proletariado, que es la base de toda transformación social de la sociedad » (Bilan #36, Octobre 17-Octobre 36, Oct. 1936, traducimos nosotros todas las citas de Bilan).

La Oposición Obrera trotskista, incluyendo el Munis de 1942, se reivindicaba de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista y de las políticas de frente unido y de "gobierno obrero", es decir, gobierno formado sobre la base de alianzas con los partidos socialistas. Fue en Alemania donde esta política de alianza con el PS y el USPD (Partido Socialista Independiente Alemán) para formar "gobiernos obreros" fue propuesta y puesta en práctica por el Partido Comunista Alemán (KPD), pero también con la participación del Partido Comunista Obrero Alemán (KAPD), y finalmente adoptada y teorizada por la Internacional Comunista (IC). Al hacerlo, abandonaba las lecciones de la Revolución de Octubre de 1917 y los logros teóricos que Lenin había desarrollado en particular en las Tesis de Abril y en El Estado y la Revolución : autonomía del proletariado respecto al Estado burgués, insurrección proletaria, destrucción del Estado burgués, dictadura del proletariado. Fieles a ellos, sólo la Izquierda Comunista de Italia, que dirigió el PC de Italia desde su fundación en 1921 hasta 1924, se opuso abiertamente dentro de la IC – especialmente a través de las intervenciones de su principal dirigente Amadeo Bordiga – a esta política de frente unido con los partidos socialistas que habían pasado a la contrarrevolución y a la sustitución de la consigna "dictadura del proletariado" por la de "gobierno obrero" adoptada en el III Congreso de la IC en 1921. Por eso, aún hoy, la Izquierda Comunista Internacional se reivindica sólo de los dos primeros congresos de la Internacional. Es precisamente esta divergencia fundamental de la época, una divergencia que se refiere a cuestiones de principio y de teoría, por lo tanto, que separaba las dos corrientes, la de Trotsky y la de la Izquierda Comunista, sobre la naturaleza y el significado de los acontecimientos de julio de 1936 en España y sobre la naturaleza de la guerra, "civil" o imperialista, que siguió.

En su libro, Munis desarrolla esencialmente cuatro argumentos, que repite incansablemente a lo largo de las páginas y capítulos, para fundamentar su tesis sobre la existencia de una revolución proletaria en España :

- las masas proletarias estaban listas para la revolución, « no existía nada capaz de oponerse a la avalancha torrencial de las masas [p. 230] [quienes habían adquirido] gradualmente conciencia de su cometido [tarea [4]] socialista » [p. 226];

- el 19 de julio 1936, « el Estado y la sociedad capitalista, sin que nadie se lo propusiera deliberadamente, cayeron por tierra, desmoronados como consecuencia del triunfo obrero sobre la insurrección reaccionaria », o sea el golpe militar de Franco hasta el punto de que « gráficamente [5], puede decirse que España era burguesa y capitalista el día 18 de julio de 1936, proletaria y socialista el día 20 de julio de 1936 » [p. 254 y 255];

- « como organismo surgido del triunfo de las masas, el C.C. de Milicias era indiscutiblemente un gobierno revolucionario (…). El 19 de Julio produce en España una floración multitudinaria de órganos de poder revolucionario (…). En cierto modo el caso de los órganos de poder españoles es aún más demostrativo que el de la revolución rusa » [p. 293 y 265];

- « secundado el derrumbe general del Estado capitalista, la propiedad privada cayó por tierra al día siguiente del 19 de Julio. (…) Nacía un nuevo sistema económico, el sistema socialista [p. 378] (…) a través de las colectividades organizadas inmediatamente después de la expropiación, de las diversas Milicias y Patrullas de Control, de los Comités-gobierno » [p. 267].

¿Masas proletarias listas para la revolución?

Fiel a la premisa trotskista del Programa de Transición de que « grandes masas de millones de hombres vienen incesantemente al movimiento revolucionario » sin importar el mero curso de la lucha de clases y los acontecimientos a lo largo de los años 30, Munis cree que « las relaciones de fuerza nacionales e internacionales fueron aún más favorables que en 1917 » [6] en la España de 1936 y que «raramente han ofrecido las masas, en la historia de las luchas internacionales, tan frecuentemente reiteradas oportunidades de hacer la revolución. Al empezar el año 1936 se habían colocado en una situación franca, innegablemente socialista » [p. 226].

Esta estimación favorable de la relación de fuerza internacional e histórica de los años 1930 ignoraba el curso contrarrevolucionario a lo largo de los años veinte y treinta tras la derrota alemana, que fue definitiva en 1923, y el aislamiento de la Revolución Rusa; y que pudiera tener cualquiera influencia en la situación española del decenio de 1930. A las sangrientas derrotas históricas, políticas, ideológicas y físicas de los proletarios rusos, italianos y alemanes bajo el terror estalinista, de Mussolini y nazi, que habían estado en la vanguardia de la ola revolucionaria internacional de posguerra, y a la degeneración de la Internacional Comunista, siguieron otros fracasos no menos sangrientos, como en China en 1927, fracasos cada vez más profundos de las luchas y movilizaciones obreras internacionales. La crisis económica de 1929 y la consiguiente reanudación de la combatividad proletaria no cambiaron esta dinámica de derrota y se convirtieron en momentos del proceso histórico que condujo a la guerra generalizada. Ciertamente, estas movilizaciones proletarias masivas, como las huelgas masivas de mayo-junio de 1936 en Bélgica y Francia, así como la insurrección proletaria de julio de 1936 en España, no estaban inevitablemente destinadas a convertirse en momentos adicionales del curso a la guerra e indispensables para su estallido final. Por consiguiente, correspondía precisamente a las débiles fuerzas políticas que permanecían fieles al internacionalismo comunista tener en cuenta el reflujo proletario internacional y establecer firmemente la línea de defensa de clase, línea preservando la autonomía de la clase explotada y revolucionaria y sus intereses económicos y políticos específicos frente al Estado burgués; y sobre la cual el proletariado internacional habría podido reconocerse y reagruparse en una posición defensiva aunque las probabilidades fueran muy reducidas. Ahora bien, era precisamente en España donde había más posibilidades que se pudiera erigir esta linea de defensa de clase, debido al hecho mismo de la combatividad proletaria, del agudo instinto de clase y de las aspiraciones "revolucionarias" (y no la « conciencia de la tarea socialista »), por muy confusas que fueran, que reinaban entre las grandes masas. Pero precisamente, como expresión del desfavorable curso histórico, no surgió ninguna fuerza revolucionaria, ningún partido o fracción suficientemente influyente para establecer esta línea y difundirla con un mínimo de amplitud entre las masas.

Para Munis y la visión trotskista, « un simple movimiento de conversión a la izquierda, por parte de las grandes organizaciones obreras [7], la decisión pública de aniquilar el reaccionario Estado capitalista y organizar el nuevo poder revolucionario, hubiesen bastado para lograrlo. (…) Organizaciones obreras fieles al capitalismo, tal es la tragedia, no sólo del proletariado español, sino del mundial » [p. 230]. Esta forma de plantear el problema, una clase lista para la revolución y "partidos obreros fieles al capitalismo", ignora que la capacidad del proletariado de dotarse de su partido, como expresión más alta de su conciencia de clase, es precisamente un indicador del grado de extensión de esta conciencia entre las masas proletarias y un elemento de la relación de fuerzas entre clases, así como de las potencialidades revolucionarias. En la España de julio de 1936, la ausencia de un partido significativo o incluso de un grupo o fracción, todavía fiel al comunismo y capaz de asumir tareas de dirección política y de guía en el tumulto, contradecía las esperanzas de los trotskistas y de Munis sobre la conciencia revolucionaria del proletariado en España. Y permitía vislumbrar, ya desde el levantamiento militar, los contornos y límites de la esperada reacción proletaria, especialmente con respecto al Estado burgués.

« España carece de un partido de clase y no hay perspectivas de que surja en el calor de los acontecimientos actuales. Y aquí no afirmamos una tesis que, por ser didáctica y escolástica, sería de una estupidez inconmensurable. Consistiría en creer que el proletariado no puede intervenir como clase en la situación porque antes un grupo de teóricos no habría elaborado un programa con una arquitectura completa e impecable. (...) Nos basamos en elementos concretos, en las situaciones que precedieron a la que acaba de abrirse y que muestran que si los obreros españoles han logrado escribir – sobre todo en los últimos cinco años – páginas de epopeya que ningún otro proletariado tiene aún en su haber, se han encontrado desgraciadamente con la imposibilidad de forjar su partido de clase » (Bilan #33, En Espagne, bourgeoisie contre prolétariat, julio-agosto 1936 [8]).

La combatividad y el "espíritu revolucionario" del proletariado le permitieron lanzar una huelga general y derrotar, con muy pocas armas en mano, el golpe de Estado militar de Franco en las principales ciudades. Pero su falta de preparación política, una de cuyas manifestaciones fue precisamente la ausencia de un partido de clase, hizo que se dejó muy fácilmente, demasiado fácilmente, apartarse del enfrentamiento con el Estado republicano, de la insurrección contra él, y movilizarse en el frente militar con el envío de las milicias a Zaragoza, apenas cuatro días después de la llamada desaparición del Estado capitalista. Al hacerlo, la clase revolucionaria abandonó inmediatamente su autonomía y terreno clasista en favor de la "colaboración de clase" con las fuerzas republicanas y contra el fascismo [9]. « Al incorporarse a un ejército, [los obreros] ya no tendrán la fuerza para encontrar el camino por el que derrotaron a los militares en Barcelona y Madrid el 19 de julio », decía Bilan en octubre. Contrariamente a la tesis de Munis, y a pesar de su combatividad, heroísmo, radicalismo e incluso sus "aspiraciones" o sentimientos revolucionarios, el proletariado en España estaba lejos de ser « consciente de su tarea histórica ».

¿Desaparición y desintegración del Estado burgués?

Según Munis, « derrotadas y desbaratadas sus instituciones coercitivas, el Estado capitalista cesó de existir (…). Destruyéndolo el 19 de Julio, el proletariado español se desembarazó del principal obstáculo al progreso (…). En el preciso momento que el Estado burgués se derrumba, el anarco-sindicalismo y el P.O.U.M. se le someten, redondeando la unidad de todas las organizaciones obreras contra la organización del nuevo Estado proletario » [p. 255].

En muchas ocasiones, él mismo contradice su tesis sobre la desaparición, desintegración, disolución e incluso destrucción del Estado : « de la sociedad capitalista quedaba únicamente, bamboleándose al borde del abismo, la coalición llamada frente popular. Su Gobierno era una sombra vana, cifra  [10] inmaterial de poder capitalista. (…) apenas han salido los primeros destacamentos de milicianos rumbo a la sierra de Guadarrama y rumbo a Aragón, cuando frente popular y Gobierno inician solapadamente la destrucción de la obra realizada el 19 de Julio » [p. 258 y 259]. No sólo reconoce que el Estado no ha sido destruido, sino que su cifra inmaterial tiene una acción política muy material a partir del día después del 19 de julio. El gobierno español en Madrid sigue ahí y el gobierno de la Generalitat de Catalunya, presidido por Companys, se mantiene con el apoyo de la anarquista CNT y el POUM. Dos días después de la derrota de Franco en Barcelona, se forma el Comité Central de Milicias, dirigido por la CNT, y Munis lo presenta como « el nuevo poder político ». Su primera decisión es llamar a los proletarios a marcharse al frente de Zaragoza, a partir del día 24, a participar en la lucha antifascista y la defensa del Estado republicano y a parar con la huelga general. De este modo, el llamado nuevo poder revolucionario del Comité Central de Milicias, a la cabeza del cual la CNT reina por entonces, empuja a los proletarios a dar la espalda y a ignorar la cuestión del verdadero poder de clase que la insurrección del 19 había planteado objetivamente sin que el proletariado pudiera resolverla. Este período que vio tambalearse al poder burgués termina el 28 por el alineamiento del POUM con la CNT y los partidos de izquierda, su adhesión definitiva al Frente Popular y su llamada, a su vez, a detener la huelga donde todavía se estaba llevando a cabo. « Con su consigna de reentrada, el POUM expresará claramente el giro de la situación y el éxito de la maniobra de la burguesía para obtener el cese de la huelga general, lanzando luego decretos para evitar las reacciones de los trabajadores [11] [semana laboral, requisa de empresas, "control obrero", etc.] y, finalmente, empujando a los proletarios fuera de las ciudades hacia el asedio de Zaragoza » (Bilan #36, La leçon des événements d’Espagne).

Si Munis todavía habla de revolución y destrucción del Estado en 1942, desde julio-agosto de 1936 la Fracción Italiana tiene muy claro la realidad del 19 de julio y el resultado de la confrontación. Donde Munis ve una victoria, Bilan ve una derrota: « cuando se lanzaron a las calles el 19 de julio, [los obreros] no pudieron apuntar sus armas en una dirección que les hubiera permitido romper el Estado capitalista y derrotar a Franco. Dejaron al Giral [el jefe del gobierno español en Madrid en ese momento], a los Companys en Barcelona a la cabeza del aparato estatal, simplemente quemando iglesias, "limpiando" las instituciones capitalistas como la Seguridad Pública, la policía, la guardia civil, la guardia de asalto... Del 19 al 28 de julio, la situación habría permitido a los trabajadores armados, al menos en Barcelona, tomar todo el poder, en formas confusas, ciertamente, pero sin embargo habría sido una tremenda experiencia histórica. El giro a Zaragoza salvó a la burguesía » (ibíd.).

¿Comités-gobierno y Comité Central de las Milicias, órganos de poder proletario?

El capítulo que sigue el del 19 de julio se titula La dualidad de poderes: preponderancia obrera. En otras palabras, contradice la tesis del monopolio del poder, es decir, el ejercicio de la dictadura del proletariado, y por lo tanto de la destrucción del Estado capitalista y de la revolución proletaria que se planteó anteriormente y que sin embargo se reafirma en este capítulo. Esta visión intenta retomar el esquema de la Revolución Rusa, en particular el período de doble poder efectivo, entre el Estado ruso y su gobierno y los consejos de obreros y soldados, que va de febrero a la insurrección de Octubre de 1917. « Sin que él mismo supiera cómo, sin propósito consciente [¡sic!], el Comité Central de Milicias se convertía en un Gobierno revolucionario y su aparato en un rudimentario aparato de Estado proletario. (…) No por eso dejaba de ser una realidad contundente y avasalladora el ejercicio del poder político por el proletariado y los campesinos pobres. Toda la zona salvada de la dominación militar estaba en manos de una multitud de Comités-gobierno sin vínculo nacional entre sí, y sin clara noción de su incompatibilidad con el antiguo Estado. (…) Ni en la revolución rusa —cabe decirlo aquí—, se dio un caso tan terminante de victoria (¡!) » [p. 275, 266, 360].

Estableciendo un paralelismo entre los soviets, o consejos obreros – « los comités-gobierno rusos » según él – en Rusia y la « floración multitudinaria de órganos de poder revolucionario » que aparecieron en España después del 19 de julio, Munis incluso afirma que « en cierto modo el caso de los órganos de poder españoles es aún más demostrativo que el de la revolución rusa » [p. 265]. ¡Incluso llega a afirmar que « en numerosos pueblos, los militantes cenetistas proclamaron la anarquía mediante un Comité ajustado completamente a la noción marxista de la dictadura del proletariado » [p. 269]! La abominación teórica y de principios no reside en el hecho de que a los anarquistas se les dé un papel en el asunto, sino en el asunto mismo, es decir, en la concepción de la dictadura del proletariado que aquí se nos presenta: ¡una adición, en el mejor de los casos una hipotética federación, de comités locales que establecieron la anarquía pueblo por pueblo! Lejos de estas aberraciones anárquicas, Bilan, por el contrario, defiende que « los trabajadores de la península ibérica permanecen, a pesar de su admirable heroísmo y sublimes sacrificios, por debajo de todas las experiencias vividas por el movimiento obrero » (Bilan #36, Octobre 17-Octobre 36).

¿Qué pasó en realidad? Es evidente que algunas de las colectividades campesinas y los comités de pueblo eran emanaciones de los campesinos pobres y sus órganos de lucha de clase en el campo. Sin embargo, como el mismo Munis nos muestra en otra parte, estas colectividades no iban, y no podían ir, más allá de ser meros órganos de lucha inmediata y de subsistencia para los propios campesinos. En cuanto a los comités-gobierno y otros comités en las ciudades, nos dice que en realidad la mayoría de ellos no eran la emanación de asambleas generales en las fábricas o en los barrios, sino el resultado de alianzas y acuerdos entre los partidos y sindicatos del Frente Popular, incluyendo por supuesto la CNT y el POUM, pero también la catalanista Esquerra Republicana de Companys, que se repartían la composición de los comités. En el fondo, en la dinámica misma de la lucha de clase en curso, el hecho de que algunos delegados hayan sido elegidos por la asamblea del pueblo o de la empresa, o nombrados con autoridad por los partidos no cambia el hecho de que la mayoría de estos comités no eran la emanación, ni la expresión, y menos aún un factor, de una dinámica de lucha proletaria autónoma, contrariamente a lo que fueron los soviets en Rusia. El Trotsky de 1924 en Lecciones de Octubre, que aún no era trotskista, por así decirlo, definía correctamente a los soviets como órganos de insurrección y órganos de poder proletario, y no como meras formas de organización. En su mayor parte establecidos por la CNT, la UGT y el POUM, y dirigidos por ellos, los comités-gobierno y el CC de las milicias no fueron en ningún momento órganos de la insurrección. Por el contrario, debe quedar claro que este último se constituyó precisamente para evitarla. « Lejos de ser un embrión de Ejército Rojo, las columnas [de milicianos] se constituyeron en un terreno y en una dirección que no pertenecen al proletariado » (Bilan #36, La leçon des événements d’Espagne). Si los comités y el CC de las milicias eran órganos de poder, era del poder burgués y de su Estado mantenido.

« La constitución del Comité Central de Milicias debía dar la impresión de la apertura de una fase de poder proletario y la constitución del Consejo Central de Economía la ilusión de que entrábamos en la fase de gestión de una economía proletaria. Sin embargo, lejos de ser organismos de dualidad de poder, eran en realidad organismos de naturaleza y función capitalistas, porque en lugar de constituirse sobre la base de un impulso proletario que buscaba formas de unidad de lucha para plantear el problema del poder, eran, desde el principio, órganos de colaboración con el Estado capitalista. El CC de las Milicias de Barcelona será, además, un conglomerado de partidos obreros y burgueses y de sindicatos y no un organismo de tipo soviético surgido sobre una base de clase, espontáneamente y donde se pueda verificar una evolución de la conciencia obrera. » (ibid.).

¿Destrucción del capitalismo y medidas socialistas?

« El proletariado español redujo a cenizas, el 19 de Julio, la sociedad capitalista y sus valores », afirma Munis [p. 369]. « Secundado el derrumbe general del Estado capitalista, la propiedad privada cayó por tierra al día siguiente del 19 de Julio. Un solo golpe hizo dos muertos. Asestado al Estado de la clase propietaria, su destrucción se prolongó, tan naturalmente como la caída de un meteoro, en la destrucción de la propiedad misma. Fábricas, tierras, comercio, transportes, minas, quedaron en manos de obreros y campesinos. Apenas silenciado el tiroteo en las ciudades, el sistema económico español reanudaba su marcha sobre una nueva base. La gestión de la economía por y para la clase burguesa había cesado. Nacía un nuevo sistema económico, el sistema socialista » [12].

El libro de Munis acumula afirmaciones contradictorias, a veces de una línea a otra, destrucción-manteniendo del Estado, revolución-no revolución, desaparición-mantenimiento del capitalismo [13], etc. Estas incesantes contradicciones expresan, entre otras cosas, una confusión teórica y política de la más amplia índole con respecto a los principios elementales del marxismo y la experiencia histórica del proletariado. Esta confusión se extiende hasta el punto de que Munis habla de « propiedad socialista » después del 19 de julio de 1936, de « expropiación del proletariado » (¡sic!) después de mayo de 1937. Que la propiedad privada haya sido "liquidada", es decir, que los patrones hayan huido, o que hayan sido encarcelados o incluso fusilados, no significa que la apropiación privada de los medios de producción haya desaparecido. Que las fábricas estén controladas por sus trabajadores, estén « en sus manos », no significa que el proletariado ya no sufra la explotación del capital. Que la gestión económica ya no sea asumida por individuos capitalistas que mantienen títulos de propiedad o acciones en sus cajas fuertes no significa que ya no existan relaciones capitalistas. Que el dinero, el papel moneda, sea abolido en las colectividades campesinas de Aragón por la CNT-FAI o el POUM no significa que el valor de cambio ya no esté en vigor. Este sería el caso incluso si el proletariado hubiera destruido el aparato del Estado capitalista y establecido su dictadura de clase. Así que en el caso español, donde el Estado capitalista "republicano" se ha mantenido, la desaparición o eliminación de los "propietarios" mayoritariamente franquistas de fábricas y tierras es sólo un momento de fortalecimiento y concentración, no de una economía "socialista" aunque esté envuelta en el rojo y negro anarquista y bajo el llamado "control obrero", sino del capital nacional en torno al Estado, y más precisamente de una economía de guerra capitalista indispensable para las necesidades del frente militar contra el franquismo, para las necesidades de la lucha entre dos fracciones igualmente burguesas, que pronto se convirtió en una guerra imperialista local.

El propio Munis cae en el terreno de esta guerra a lo largo de las páginas y capítulos que identifican los intereses del proletariado español al éxito de la guerra contra el ejército de Franco. Así, viene a ensalzar las virtudes de la superioridad de la "producción socialista" sobre la "producción capitalista" [14] : « La superioridad productiva del socialismo sobre el capitalismo quedó luminosamente demostrada por la obra de las colectividades obreras y campesinas (…). Obreros y técnicos rivalizaron en intensidad de jornadas y en abundancia de iniciativas (...) satisfechos de desarrollar una industria socialista y anhelosos de producir el material necesario para asegurar el triunfo de la nueva sociedad. Pronto arrojó ese esfuerzo a los frentes gran cantidad de material de guerra (…). Antes de que finalizara el año 1936 habían sido construidas y puestas en marcha diversas fábricas, donde se producían importantes productos químicos para la guerra, de rara obtención incluso en los países más industriales ».

Basta con dejarlo hablar, o escribir, para ver la confirmación de que las relaciones capitalistas no habían desaparecido, que seguían imponiendo su dictado a la llamada "economía socialista" y que la explotación del proletariado continuaba. « El paro obrero, a pesar de la absorción de hombres cada vez mayor por la guerra, se introdujo en todas las industrias no directamente ligadas con las necesidades del frente. Al principio, las colectividades continuaron pagando el jornal a los obreros parados, pero sus fondos eran limitados y sus negocios no llevaban camino de mejorar. No habiendo incautado el capital financiero, las colectividades tenían que vivir de su propio capital. La mayoría de ellas necesitaron préstamos, siempre negados por el Gobierno ». Prueba si se necesitaban pruebas de que « el capitalismo y sus valores » no habían sido destruidos.

De hecho, como escribe Bilan, « donde los patrones habían huido o fueron fusilados por las masas, se formaron consejos de fábrica como expresión de la expropiación de estas empresas por los trabajadores. Aquí los sindicatos intervinieron (...) para defender la necesidad de trabajar a plena capacidad para la organización de la guerra sin un respeto excesivo de las normas laborales y salariales. Inmediatamente sofocados, los comités de fábrica, los comités de control de las empresas donde la expropiación no se llevó a cabo (en consideración al capital extranjero o por otras consideraciones) se transformaron en órganos que tenían que activar la producción y, de esta manera, se deformaron en su significado de clase. No eran organismos creados durante una huelga insurreccional para derrocar al Estado, sino organismos orientados a la organización de la guerra (...). De ahora en adelante, los trabajadores de las fábricas que creían haber conquistado sin destruir el Estado capitalista se convertirán de nuevo en sus prisioneros y pronto, en octubre, con el pretexto de trabajar para la realización de una nueva era, de ganar la guerra, los trabajadores de las fábricas serán militarizados [para] trabajar por el socialismo » (Bilan # 36, La leçon…, Op.Cit.).

Nos parece que podemos terminar aquí con nuestra demostración. Ni revolución, ni poder obrero, ni siquiera dualidad de poder, y menos aún socialismo, no había nada de eso en la España de 1936.

¿Era inevitable la derrota internacional y la masacre española?

Por muy combativas, heroicas y hasta revolucionarias que fueran las masas proletarias en España, por muy agudos que fueran los antagonismos de clase, las condiciones históricas propias del país y la sucesión de derrotas del proletariado internacional no permitieron el surgimiento de una minoría política proletaria de vanguardia marxista, de un partido, capaz de defender y difundir una clara línea de clase para el proletariado frente al Estado burgués. Ninguna fuerza pudo establecer unas Tesis de abril para España, y mucho menos tratar de difundirlas, defenderlas y ponerlas en práctica en Barcelona, en las fábricas, en las calles, en los barrios. Las lecciones de Lenin sobre la insurrección, retomando la enseñanza de Marx de que « la insurrección es un arte » [15], la convierten en un elemento central del acto revolucionario que destruye el Estado de la burguesía y en la premisa indispensable para el ejercicio de la dictadura del proletariado. « Al igual que Lenin en abril de 1917, debemos operar en el nodo central del problema y es allí donde se puede hacer la única diferenciación política "real". Al ataque capitalista sólo se le puede responder sobre una base proletaria. (...) De la situación actual en la que el proletariado se encuentra apretado entre dos fuerzas capitalistas, la clase obrera sólo puede pasar a la otra opuesta tomando el camino que conduce a la insurrección » (Bilan #34, Au front impérialiste (...), il faut opposer le front de classe, agosto-septiembre 36).

Olvidada, abandonada, ignorada, traicionada, la insurrección proletaria, como principio que Bilan era prácticamente el único que todavía defendía, habría permitido al menos a la minoría revolucionaria advertir al proletariado ya en julio de 1936 del peligro de dejarse entusiasmar por la ilusión de un poder que las armas parecían dar a los proletarios, de dejar en su lugar el poder estatal burgués en Barcelona, de la mistificación de las conquistas llamadas "socialistas" que estaban destinadas a la producción de guerra, de precipitarse a los frentes y ser masacrados por los intereses de la clase enemiga.

Sin duda, la Fracción podría haber ido más lejos en el caso de una hipotética situación que hubiera visto a algunos de sus miembros exiliarse a mediados de la década de 1920 en Barcelona en lugar de París, Marsella y Bruselas. Pues, contrariamente a la falsa crítica según la cual la Fracción Italiana se manifestaba a través de una visión fatalista, por su reconocimiento de un curso histórico contrarrevolucionario que nunca presentó como un mecanismo imparable, y a través de un indiferentismo hacia la lucha proletaria en España, no hay duda de que habría desarrollado la misma voluntad militante que sus miembros mostraron en Francia y Bélgica, cuando intervenían en fábricas y reuniones, a veces con armas en los bolsillos para protegerse de la represión estalinista. A partir de julio, abandonando los principios de insurrección y dictadura del proletariado, la mayoría de los restantes grupos de oposición de izquierda, y a veces incluso de la Izquierda Comunista – aun dentro del propio Bilan –, creyeron ver un poder proletario revolucionario en las fotos de los obreros españoles en monos azules, con un fusil en la mano, la otra blandiendo un puño levantado, con gorras rojas y negras, marchando en la Plaza de Catalunya, eligiendo a sus oficiales y saliendo al frente; y el internacionalismo proletario en acción en la afluencia de brigadistas de todas partes. Como hemos visto, no fue nada de eso.

En este huracán de confusión y pánico que causó tantas traiciones de clase, Bilan fue la única voz que se mantuvo firme en los principios. « Una de dos: o existe la situación revolucionaria y es necesario luchar contra el capitalismo, o no existe y luego hablar de revolución a los obreros, cuando, desgraciadamente, sólo se trata de defender sus conquistas parciales, significa sustituir el criterio de la necesidad de una defensa mesurada para impedir el éxito del enemigo por el de arrojar a las masas al abismo donde serán aplastadas » (Bilan #36, La consigne de l’heure : ne pas trahir, octubre 1936).

Bilan fue la única voz que avanzaba orientaciones que pudiesen haber evitado la catástrofe e impuesto a todas las fracciones en lucha de la burguesía española el terreno de las reivindicaciones de clase: « El único camino de salvación para los obreros consiste en su reagrupamiento en bases de clase: para las reivindicaciones parciales, para defender sus conquistas, basándose al mismo tiempo en la fuerza persuasiva de los propios acontecimientos para plantear como única solución gubernamental posible, la de la dictadura del proletariado, para lanzar la consigna de la insurrección cuando las condiciones favorables hayan madurado » (Bilan #33, En Espagne : bourgeoisie contre prolétariat, julio-agosto 1936).

RL, avril 2020.

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Notas:

[2. Ver nuestra carta a Emancipación en Revolución o Guerra #14.

[3. Para la citas del libro que hacemos, utilizamos la versión española del sitio web “La Bataille socialiste” : https://bataillesocialiste.files.wordpress.com/2008/03/g-munis-jalones-de-derrota.pdf. La repetición de los mismos argumentos y la sucesión de contradicciones a lo largo de las páginas y capítulos, que no quita en absoluto el "placer" y el interés de la lectura, sino que hace especialmente confuso el tema y la coherencia política, nos obligó a elegir citas dispersas y a reunirlas para la claridad de nuestro argumento. Por eso, indicamos las páginas para cada cita que se hace. Redactamos este artículo en francés refiriéndonos a la versión francesa del libro de Munis que las Éditions sciences marxistes republicaron en 2007. En unas ocasiones, nos referimos a esta versión cuando ambas difieren un poco, nunca hay contra-sentidos de orden político más bien cambios redaccionales, y damos las dos versiones para prevenir cualquier malentendido.

[4. Redactamos este artículo en francés y con la versión francesa del libro de Munis cuya traducción él había verificado. La versión francesa utiliza la palabra “tarea socialista”. Nuestro manejo limitado del español no nos permite ser seguro que la palabra “cometido” tiene el mismo significado político.

[5. La versión francesa reimplaza “gráficamente” por “exagerando un poco”...

[6. Aquí reproducimos la versión francesa que difiere en cuanto a la redacción española. Pero no cambia el sentido político, o sea la comparación entre la España de 1936 con la Rusia de 1917 como lo muestra la cita completa de la versión española : « Inmediatamente después del golpe de Estado bolchevique que en Rusia hizo pasar el poder a los soviets, en Octubre de 1917, Lenin decía enseñando el decreto de entrega de la tierra a los campesinos: “Si nos dan tiempo a publicar esto, seremos invencibles”. Con muchas más razones, por serle más propicia la correlación de fuerzas nacional e internacional, habría sido invencible la revolución española, si proletariado y campesinos, en el país y en los cuatro confines del planeta, hubiesen sabido a ciencia cierta que la revolución social era un hecho real y consumado » (p. 367).

[7. Se refiere a las principales organizaciones del Frente Popular, los sindicatos UGT y CNT, el Partido Socialista Obrero Español, el POUM y el entonces PC, PCE y PSUC (el Partido Comunista estalinista catalán de siniestra memoria por las exacciones que hizo) que, al menos para el PSOE y la UGT, ya han pasado completamente al campo burgués o están pasando a él como el PC desde la muerte de la IC al adoptar la teoria del "socialismo en un solo país".

[9. La Resistencia nacional enmarcada por los PC durante la Segunda Guerra Mundial fue una continuación de esto.

[10. La versión francesa utiliza “encarnación”.

[11. Las principales demandas que el CC de las milicias hizo públicas el 24 : « Semana de trabajo de 36 horas ; 10% de aumento para los salarios inferiores a 500 pesetas mensuales ; 25% de rebaja a los alquileres; suspensión de depósito de alquiler y servicios públicos ; pago de los jornales de los días de huelga ; subsidio a los obreros parados ; control de la producción por los comités de fábrica, taller y mina… » (citadas por Munis). La Generalitat emitió un decreto que respaldaba la mayoría de estas demandas – « es necesario que los obreros se vayan [al frente] con la sensación de que están consiguiendo satisfacción por sus demandas » (Bilan # 36, La Leçon...) – que no se aplicaron, con algunas excepciones, para asegurar la producción de guerra para los frentes militares. Es con buena razón esta vez que Munis argumenta que « de manera general, se puede asegurar que el control obrero de la producción no tendrá aplicación revolucionaria sino unido a la expropiación general del capitalismo y al ejercicio del poder político por el proletariado ». Pero todavía queda por ponerse de acuerdo sobre lo que es y bajo qué condiciones se puede hablar de expropiación del capitalismo y sobre cuál es el ejercicio del poder político por el proletariado y en cuales condiciones se lleva a cabo...

[12. Esta y las siguientes citas se encuentran en el capítulo 17, La propiedad.

[13. Unas páginas después de la cita anterior que justifica el socialismo por la liquidación de la propiedad, Munis nos dice exactamente lo contrario, y con razón esta vez : « El capitalismo no desaparece porque la industria deje de ser propiedad individual, pues su característica esencial es la privación de los instrumentos de trabajo en que mantiene a los trabajadores, cuya fuerza de trabajo compra como una mercancía cualquiera ».

[14. La visión trotskista, el propio Trotsky, se encuentra con el estalinismo para justificar la "superioridad del socialismo" por las tasas de productividad y crecimiento supuestamente más altas que las del capitalismo. Este argumento traiciona la incomprensión – en el caso del trotskismo de preguerra de la marca del oportunismo político – del comunismo por supuesto, e incluso de la gestión de la economía por el proletariado gobernante durante el período de transición, cuando, bajo la dictadura del proletariado, las clases y las relaciones mercantiles todavía no están totalmente destruidas.

[15. Lenin, El Marxismo y la insurrección, 1917 (https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1910s/13-ix-17.htm).